
Era el Año del Señor de 1692, cuando en fecha reciente, había fallecido el octavo obispo del Tucumán, el doctor Don Juan Bravo Dávila y Cartagena, amoroso pastor de efímera, pero eficiente labor eclesial. Ante la vacancia de la sede obispal, fue elegido Vicario Capitular Don Bartolomé Dávalos, arcediano de la iglesia de Santiago del Estero, asiento de la autoridad religiosa en los primeros siglos de la ocupación hispana en estas tierras del Tucumán.
























